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martes, 29 de diciembre de 2015

Carta abierta de una madre de un adicto



COMPARTO MI SENTIR CON OTRAS MADRES Y PADRES.

Aún hoy, 25 años después miro sus fotos de niño y sueño con él con su mirada llena de preguntas. Ha decidido seguir su vida lejos de casa, consumiendo licor y marihuana. No sé nada de él desde hace meses cuando tomé la decisión de sacarlo de casa por no respetar el hogar al consumir dentro, llegar tarde drogado y alcoholizado y, algunas veces, con amigos en las mismas condiciones.

-Le diste mucho, dicen algunos. -No tuvo amor, dicen otros. –Le faltó corrección, aquellos a los que la crianza de hijos les ha dado buenos frutos. -No es tu culpa, los más benevolentes.

No necesito de estas evaluaciones;  yo sola me castigo con mil “si hubiera”: Si me hubiera quedado en casa en vez de ir a trabajar; si hubiera dejado de estudiar; si le hubiera procurado otro tipo de educación; y sigue una lista interminable.  Cuando me siento desesperada  me consuelo con  un compasivo: “no sabías”. (Infinito también…no sabía cómo ser madre, no sabía el futuro, no sabía qué lo iba a dañar, etc., etc., etc.)

Bueno, el mismo drama deben pasar otras madres y padres. La culpa es el detonante común de una enfermedad tan seria como la misma adicción: la codependencia.

Cuando descubrí que mi hijo consumía drogas mi vida se volvió al revés. Dejé de ser. Ya no decidí; solo reaccioné. Lloré; perdí la fe; maldije; envidié; deseé la muerte; quise que el tiempo retrocediera justo al momento en que yo había cometido el fatal error que lo llevó a consumir. Lo terriblemente malo es que no consideré necesario sentarme a llorar, hubo que seguir trabajando, estudiando, viviendo y descuidando a los otros miembros de la familia… Sí, esto fue lo normal y lo más dañino.

No me di tiempo para reconciliarme conmigo y tampoco me di tiempo para amar a mi hijo tal como es. Nunca pensé que yo tenía que cambiar algo de mí y entonces me enfoqué en cambiarlo a él. Lo llevé a visitar orientadores, psicólogos, psiquiatras, sacerdotes, trabajadores sociales, homeópatas, naturópatas,  grupos de doce pasos, y no recuerdo con cuantos profesionales y empíricos más… lo único que yo quería era que él cambiara. Si esto pasaba yo sería feliz de nuevo. Nunca pasó. El desgaste cobró sus facturas y pronto se me manifestaron enfermedades físicas. Además la economía familiar se debilitó considerablemente. Entre tanto mi hijo, bueno,…, él era dócil e iba a toda parte y lugar que yo decía en actitud de: “con esto me deja tranquilo”.  Se comprometía a todo pero nunca tuvo la voluntad de vivir de otra manera.

Entonces, ocurrió el verdadero milagro. Descubrí mi enfermedad de codependencia y decidí tratarla. Incurable sí, pero hay medicina paliativa. Vivo día a día, sin expectativas, sin reclamos, sin culpa. Cuando me descubro censurándome recorro a  la oración de la serenidad. Tomo este medicamento todas las veces que lo requiera en el día.

Dejé de preguntar a DIOS -¿por qué a mí?????? . Ahora solo doy gracias por todo y cuando digo todo, es todo… DIOS en la forma que sea y la cuál no tengo por qué comprender, tiene todo bajo su control.  Todas las situaciones están tal como deben estar.

Mi hijo vive con mi bendición de madre día a día, desde lejos, pero las madres tenemos ese don y sé que soy escuchada.

Siempre en mis oraciones están todas las madres, padres, tíos, hermanos, amigos, parejas de los adictos y espero, por el favor de DIOS, estar yo en las oraciones de otros. El decir día a día: “SEÑOR, CONCÉDEME LA SERENIDAD PARA ACEPTAR LAS COSAS QUE NO PUEDO CAMBIAR, VALOR PARA CAMBIAR LAS QUE PUEDO Y SABIDURÍA PARA RECONOCER LA DIFERENCIA”, me hace fuerte y también hará fuerte a muchas otras personas.

Valor y esperanza es el camino.