COMPARTO MI SENTIR CON OTRAS MADRES Y PADRES.
Aún hoy, 25 años después miro sus
fotos de niño y sueño con él con su mirada llena de preguntas. Ha decidido
seguir su vida lejos de casa, consumiendo licor y marihuana. No sé nada de él
desde hace meses cuando tomé la decisión de sacarlo de casa por no respetar el
hogar al consumir dentro, llegar tarde drogado y alcoholizado y, algunas veces,
con amigos en las mismas condiciones.
-Le diste mucho, dicen algunos. -No
tuvo amor, dicen otros. –Le faltó corrección, aquellos a los que la crianza de
hijos les ha dado buenos frutos. -No es tu culpa, los más benevolentes.
No necesito de estas evaluaciones; yo sola me castigo con mil “si hubiera”: Si me
hubiera quedado en casa en vez de ir a trabajar; si hubiera dejado de estudiar;
si le hubiera procurado otro tipo de educación; y sigue una lista
interminable. Cuando me siento
desesperada me consuelo con un compasivo: “no sabías”. (Infinito también…no
sabía cómo ser madre, no sabía el futuro, no sabía qué lo iba a dañar, etc.,
etc., etc.)
Bueno, el mismo drama deben pasar
otras madres y padres. La culpa es el detonante común de una enfermedad tan
seria como la misma adicción: la codependencia.
Cuando descubrí que mi hijo
consumía drogas mi vida se volvió al revés. Dejé de ser. Ya no decidí; solo
reaccioné. Lloré; perdí la fe; maldije; envidié; deseé la muerte; quise que el
tiempo retrocediera justo al momento en que yo
había cometido el fatal error que lo llevó a consumir. Lo terriblemente malo es
que no consideré necesario sentarme a llorar, hubo que seguir trabajando,
estudiando, viviendo y descuidando a los otros miembros de la familia… Sí, esto
fue lo normal y lo más dañino.
No me di tiempo para
reconciliarme conmigo y tampoco me di tiempo para amar a mi hijo tal como es.
Nunca pensé que yo tenía que cambiar algo de mí y entonces me enfoqué en
cambiarlo a él. Lo llevé a visitar orientadores, psicólogos, psiquiatras,
sacerdotes, trabajadores sociales, homeópatas, naturópatas, grupos de doce pasos, y no recuerdo con cuantos
profesionales y empíricos más… lo único que yo quería era que él cambiara. Si
esto pasaba yo sería feliz de nuevo. Nunca pasó. El desgaste cobró sus facturas
y pronto se me manifestaron enfermedades físicas. Además la economía familiar
se debilitó considerablemente. Entre tanto mi hijo, bueno,…, él era dócil e iba
a toda parte y lugar que yo decía en actitud de: “con esto me deja tranquilo”. Se comprometía a todo pero nunca tuvo la
voluntad de vivir de otra manera.
Entonces,
ocurrió el verdadero milagro. Descubrí mi enfermedad de codependencia y decidí
tratarla. Incurable sí, pero hay medicina paliativa. Vivo día a día, sin
expectativas, sin reclamos, sin culpa. Cuando me descubro censurándome recorro
a la oración de la serenidad. Tomo este
medicamento todas las veces que lo requiera en el día.
Dejé de
preguntar a DIOS -¿por qué a mí?????? . Ahora solo doy gracias por todo y
cuando digo todo, es todo… DIOS en la forma que sea y la cuál no tengo
por qué comprender, tiene todo bajo su control. Todas las situaciones están tal como deben
estar.
Mi hijo vive
con mi bendición de madre día a día, desde lejos, pero las madres tenemos ese don
y sé que soy escuchada.
Siempre en mis
oraciones están todas las madres, padres, tíos, hermanos, amigos, parejas de
los adictos y espero, por el favor de DIOS, estar yo en las oraciones de otros.
El decir día a día: “SEÑOR, CONCÉDEME LA SERENIDAD PARA ACEPTAR LAS COSAS QUE
NO PUEDO CAMBIAR, VALOR PARA CAMBIAR LAS QUE PUEDO Y SABIDURÍA PARA RECONOCER
LA DIFERENCIA”, me hace fuerte y también hará fuerte a muchas otras personas.
Valor y
esperanza es el camino.
